Detectan por primera vez microplásticos en las abejas que pueden terminar en la miel que comemos

Investigadores de la Universidad de Almería han detectado diminutos polímeros que se adhieren a su tórax, abdomen, alas y patas durante la actividad recolectora

 

Los seres humanos hemos producido 8.300 millones de toneladas métricas de plástico desde 1950. Solo el nueve por ciento de los residuos plásticos se recicla y la gran mayoría termina en vertederos y en el medio ambiente, donde se disgrega en micropartículas que contaminan las aguas y el aire, dañan la fauna marina y, en última instancia, son ingeridas por los seres humanos.

Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Almería ha detectado, por primera vez, la presencia de microplásticos también en el cuerpo de las abejas. Estos insectos actúan como rastreadores de contaminación ambiental en un radio de ocho kilómetros desde sus colmenas, mediante la captación de los diminutos polímeros que se adhieren a su tórax, abdomen, alas y patas durante la actividad recolectora.

 

En esta investigación, los expertos analizan por primera vez la presencia de polímeros en el cuerpo de las abejas con el fin de comprobar qué tipo de residuos se adhieren a ellas y si son contaminantes. “Nuestra labor se centró en comprobar, mediante el análisis de los microplásticos hallados en las obreras, si éstas servían como bioindicador de la contaminación ambiental de áreas concretas, dado que su actividad se extiende por una zona específica y con un radio de ocho kilómetros, que es bastante amplio”, explica Amadeo Rodríguez, investigador de la Universidad de Almería.

El plástico puede acabar en la miel que consumimos

La degradación del plástico derivado de la actividad humana genera residuos del tamaño de un micrómetro aproximadamente, el equivalente a la punta de un cabello. Estos polímeros afectan, ya sea a través de su ingesta o porque contaminen un entorno, a los diversos ecosistemas y a los seres que los habitan. Así lo ponen de manifiesto informes como ‘Basuras marinas, plásticos y microplásticos: orígenes, impactos y consecuencias de una amenaza global’, publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

 

Zonas dónde se hayan los Polímeros

 

Las partículas de plástico son tan diminutas que el viento las transporta constantemente, motivo por el que están presentes en lugares como las flores donde las abejas realizan su actividad y, una vez adheridas a su tórax, abdomen, patas y alas las obreras las transportan hasta el panal. De este modo, los microplásticos también acaban en la miel que consume el enjambre y, en última instancia, el ser humano.

 

Hasta 13 tipos de microplásticos

En el estudio titulado ‘Honeybees as active samplers for microplastic’, publicado en Science of total enviroment, los expertos han analizado 19 colmenas situadas en Copenhague (Dinamarca) y sus alrededores, donde recogieron los cuerpos sin vida de más de 4.000 abejas, en las que detectaron hasta 13 tipos distintos de microplásticos. Es el caso del polietileno, que contienen utensilios cotidianos como las botellas o los cables; resina epoxi, ampliamente utilizada como recubrimiento de sistemas eléctricos y como acabado para proteger pinturas; o acetato de polivinilo, presente en pegamentos y adhesivos.

La investigación se situó en Dinamarca debido a la profunda conciencia ambiental de la asociación de apicultores  Danmarks Biavlerforening, que aportó las muestras para el estudio. “Los apicultores locales querían saber el nivel de contaminación en las zonas en las que se mueven sus abejas y cómo afecta a la producción de miel. De momento, solo hemos podido indicarles qué residuos transportan hasta la colmena y las zonas con mayor contaminación”, explica el investigador que señala que la presencia de microplásticos en similar tanto en zonas urbanas como rurales. “Tendríamos que realizar el estudio en otros países para comprobar si este dato se repite o varía”, añade.

El grupo Residuos de plaguicidas de la Universidad de Almería quiere continuar con esta línea de investigación con el objetivo de diseñar sistemas de evaluación de calidad de productos como la miel o las verduras. Para ello, analizan los residuos que se producen durante su elaboración o manipulación y establecen parámetros para unificar el criterio de los laboratorios europeos, como la presencia y ausencia de plaguicidas en los alimentos. De este modo, se garantiza la seguridad de los alimentos para su exportación e importación.

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