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La apicultura tradicional en Campóo-Los Valles

La apicultura tradicional en Campó-Los Valles, comarca del sur de Cantabria que comprende varios municipios, y en regiones rurales con economías de subsistencia, antiguamente tuvo gran importancia como complemento vital. Repartidos por toda la geografía campurriana, los colmenares formaban parte del paisaje y de la vida cotidiana. En ellos se colocaban las colmenas, conocidas con el nombre de dujos y hornillos.

El declive de esta actividad en la segunda mitad del siglo XX, se inició con la emigración de los pueblos a la ciudad. De esta forma se produjo el consiguiente abandono de la economía agraria. La puntilla fue la aparición, alrededor de 1984, del ácaro de la varroa. Este ácaro diezmó el número de colmenas y aceleró el trasiego de las abejas de las colmenas tradicionales fijas a las modernas de cuadros móviles. El nuevo sistema permite un mejor control de este parásito, un considerable aumento de la producción y un manejo más racional.
En la actualidad se puede considerar prácticamente desaparecido este tipo de apicultura. Quedan pocos colmenares con dujos y muchos de ellos en claro estado de abandono.
Campóo-Los Valles ha sido siempre una comarca muy vinculada a esta actividad con una gran presencia histórica. Como se puede comprobar en el artículo "Apicultura de la Merindad de Campoo: datos his­tóricos" de Encarnación Niceas Martínez en   Cua­dernos de Campoo n° 35. 
En este artículo me centraré en los tipos de colmenas y colmenares, las labores que reali­zaban y las tradiciones entorno a la apicultura.

Las colmenas

Las colmenas más antiguas se construían apro­vechando los troncos de árboles huecos que recogían de los montes. Al aumentar la necesidad de ellas se produjo una escasez de este tipo de troncos, por lo que tuvieron que recurrir al vaciado manual de éstos.
Este tipo de colmena en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles se llama dujo (del latín dolium, vasija). y era elaborado a partir del tronco de un árbol. Su especie depende de la zona donde se elabore, siendo los más comunes el roble o rebollo y olmo. Ocasionalmente también el tejo, fresno y haya.
Otros tipos de colmenas utilizados son el hornillo, el dujo de tablas y de caseta.

El dujo de tronco de árbol

Dujos, jumera, escriño y catador.En la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles, los dujos solían hacerlos los propios apicultores. Para ello aprovechaban, cuando era posible, viejos troncos que hallaban en el monte con la zona central podrida. También usaban árboles que cortaban para otros usos (el adra para leña y fabricación de utensilios para la vida cotidiana).
En este sentido había Ordenanzas regulando esta actividad: "...ninguna persona pueda hacer dujos para vender salvo de su adra..." (El Gobierno y la Administración de los pueblos de Cantabria, Ordenanzas de Valderredible, año de 1618) y "...no puedan cortar rebollo que no tenga dos dujos..." (Las Ordenanzas de Valdelomar y Cezura, año 1706).
Se buscaba un árbol en buen estado y con un tronco con el mayor diámetro posible, nor­malmente en torno a los cincuenta centímetros. Con un tronzador se cortaba un trozo de tronco de una longitud de entre setenta y cien cen­tímetros, si bien algunos sobrepasan el metro.
A continuación se vaciaba con un barreno, gubia y otras herramienas hasta dejarle una pared de cuatro a seis centímetros. De esta forma no se abría el tronco y aislaba del frío a las abejas. Para agilizar esta labor a veces se ayudaban del fuego, para ir quemando el tronco por dentro.
Aproximadamente a la mitad de su altura hacían la piquera que sirve de entrada y salida a las abejas. Consiste en un rebaje hecho con la azuela y de dos a cinco agujeros conocidos como aviaderos. A veces debajo de éstos se colocaba una tablilla que facilitaba la entrada de las abejas cuando ve­nían cargadas de polen y néctar.
Por dentro y en la parte central se colocaban una o dos cruces según la altura del dujo, que ser­vían para que las abejas pudieran sujetar los pana­les y para indicar al apicultor hasta dónde podía extraer la miel.
El último paso consistía en sellar con boñigas de vaca o arcilla los huecos o fisuras que, una vez secas, aislaban muy bien el interior del frío y el agua.
El dujo se apoyaba sobre una lancha o losa de piedra (para aislarlo de la humedad del suelo) y se cubría su boca superior con una tapa de tabla. Encima se ponía a modo de tejadillo una lancha de piedra. Actualmente se usan tejas o chapas de bi­dones, para evitar que se colaran el agua, la nieve y el frío.
Coronando el conjunto, una o varias piedras con el objeto de que el viento no lo levantara y dejara a la intemperie a las abejas.
El hornillo
Hornillos en una vivienda de Quintanilla de An, Valderredible.En la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles el hornillo era, originariamente, un dujo en po­sición horizontal incrustado en las paredes de las viviendas y edificaciones anexas como cua­dra, pajar u horneras.
La piquera estaba en el exterior y el acceso a los panales estaba en el interior. Cerrada por una tapa de ma­dera y sujeta gracias a unas tiras de cuero que hacían a su vez de bisagras. Para mayor protección y se­guridad se tapaba con un saco de arpillera o lona.
El hornillo evoluciona y los viejos troncos son sustituidos por cajas rectangulares de madera, ela­boradas manualmente en casa.
También hay casos en los que los hornillos se sitúan en edificaciones hechas sólo para albergar­los y llamados hornilleras.

Dujo de tablas

Esta colmena se construía con tablas rectangu­lares de roble, de hasta un metro de altura y unos treinta centímetros de ancho. Se unian con clavos de madera o hierro. La disposición interna y la forma de colocarlo y tapar­lo es igual que en el dujo.
Se puede considerar una evolución del dujo de más fácil su construcción y manejo. La producción es menor y se deteriora antes.

Colmena tipo caseta

En la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles, son colmenas más evolucionadas y consideradas una transición hacia la implantación de la colmena "moderna". Algunos apicultores mañosos y autodidactas la tomaron como modelo a la hora de fabricarlas.
No tienen un patrón en cuanto a tamaño y tienen forma cúbica a modo de cajón. Están hechas con tablas de madera de roble. Algunas dis­ponen de dos piqueras debido a su gran tamaño. Como tejado se ponían tablas, chapas o uralitas en forma de una o dos aguas. En su interior se disponían cuadros móviles generalmente de medidas no estándar.
Con este tipo de colmena se aumentaba la pro­ducción y se facilitaba el manejo y el saneamiento de la misma.

Los colmenares en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles

Colmenas en viviendas

Estaba muy arraigada la costumbre de tener al­guna colmena en las viviendas y en las construc­ciones anexas como cuadra, pajar, corral, hornera o colgadizo.
Este hecho se solía tener en cuenta a la hora de construir la casa dejando algún hueco libre. De no haber sido así, se aprovechaban los huecos de las ventanas de buhardillas y desvanes.
La piquera daba al exterior de la casa mientras que el acceso a los panales estaba en el interior.
Estos hornillos estaban más protegidos que los dujos. Ello repercutía en una mayor producción, comodidad a la hora de la extracción de los panales y en su mantenimiento.

Huerta con dujos. Villar, Campoo de Suso.Colmenares en los huertos

Era muy corriente en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles tener varias colmenas en el huerto que solía estar cerca de la vivienda.
Los dujos, en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles, se colocaban resguardados tras una pared orientada al sur, que les servía de protección.
Esta ubicación tenía ventajas como una mayor facilidad de manejo y control, sobre todo a la hora de la salida y captura de los enjambres y de una cercana floración, como la de los árboles frutales.

Colmenar con tejabana

Eran relativamente frecuentes en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles que los colmenares tuvieran las colmenas bajo techo, haciendo ho­nor al refrán "abeja y oveja, tenlas bajo teja".
Son construcciones muy sencillas consistentes en tres paredes de "piedra en seco" (que no utiliza ningún tipo de aglomerante, solamente piedra). De escasa altura y una cubierta de tejas a un agua dentro de la cual se instalan los dujos.
La parte frontal del colmenar está abierta para la entrada y salida de las abejas y orientada al sur o sureste.
También existen construcciones más complejas que en la parte alta del frontal albergan hornillos.

Colmenar en recinto cerrado

Cuando el apicultor tenía un número elevado de colmenas las solía colocar en un recinto cerrado con pared o tapia de piedra rematada con lanchas. Así impedía la entrada de intrusos y sobre todo de animales como el oso que pudieran tumbar los dujos o comerse la miel.
Estos colmenares los situaban generalmente alejados de los pueblos y en las laderas sur de los montes, lo más soleados posible.
En su interior se distribuían los dujos en hile­ras paralelas posándolos sobre lanchas y orientados al sol. Si la pendiente lo exigía se disponían en terrazas hechas con grandes piedras.

Hornillera

Detalle de hornillera.Son pequeñas cabañas de planta rectangular, con tejado a una o dos aguas y con la fachada principal, donde están las colmenas, orientada al mediodía  en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles. Se localizan principalmente en Valderredible.
Los muros son de piedra en seco o trabada en barro o adobe. Pueden llegar hasta dos metros y medio de altura y con un grosor de más de medio metro. El muro principal está formado por los hornillos en posición horizontal. Colocados en tres o cuatro filas superpuestas una encima de otra y rellenado con piedras pequeñas o adobe para tapar todos los huecos. De esta manera impedía la entrada de ratones, agua y frío.
Estas hornilleras se suelen encontrar alejadas de los pueblos, situándose en laderas orientadas al sur y cerca de los montes. El acceso suele hacerse por caminos estrechos, que sólo utiliza el apicultor. En el exterior era frecuente tener también dujos.
En la actualidad todavía queda algún ejemplo de hornillera bien conservada en los pueblos de Cadalso, Salcedo, La Puente, Montecillo y Sobrepenilla.

Labores en la apicultura tradicional

En la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles, la captura de los enjambres, la cata de col­menas y el colado de la miel eran tradicionalmente las labores más importantes que realizaban nuestros antepasados. Sin embar­go, también se realizaban otras labores muy impor­tantes, como la preparación para la invernada y el mantenimiento de colmenas y colmenares.
Los dujos, al estar a la intemperie, sufren con el paso del tiempo los rigores de la dura climatología norteña. Aparecen grietas y agujeros en la madera que eran reparadas con el fin de mantenerlos en buen estado y proteger así a las abejas del frío y de la entrada de agua e intrusos en el interior de la colmena.
Con la entrada del invierno los abejunos (nombre con que se conocía en Campoo de Suso a los apicultores) solían poner buenas lanchas y piedras en el tejado. Tapaban los aviaderos con palucos o arcilla, dejando sólo uno o dos abiertos con el fin de que no entrara frío. Luego en la primavera se destapaban.
La limpieza del colmenar consistía en el segado con el dalle o rozón de la hierba, helechos, zarzas y matorrales que crecían en él. El objeto era facilitar la entrada y salida de las abejas por las pi­queras y minimizar el riesgo de posibles incendios. Esta labor se solía hacer a finales de la primavera y al atardecer, cuando las abejas están ya re­cogidas en la colmena. De esta forma se evita molestar a las abejas ya que les irrita el sonido que producido al dar pizarra al dalle y al segar.

Captura de los enjambres

Hasta el desarrollo de la apicultura moderna, la captura de ensambres o enxambres (como se co­noce coloquialmente a los enjambres) y la caza de colmenas silvestres suponía una actividad básica y principal en el calendario del apicultor, siendo la única forma de mantener e incrementar el número de sus colmenas.
La época de enjambrazón está condicionada por la climatología de cada año. Comprende desde mediados de mayo a junio o incluso julio.
En este periodo, los apicultores deben ir fre­cuentemente al colmenar para observar síntomas de enjambrazón en las colmenas. Por ejem­plo se debe de observar la barba de abejas en las piqueras, y estar pendientes de la salida de enjambres. También tienen que vigilar los alrededores del colmenar para cap­turar los que hayan podido salir.
En el caso de ver un enjambre en vuelo se le seguía y se hacía ruido con un campano, dando palmadas, con dos piedras, latas.... Se le tiraba tierra e incluso agua, con lo que las abejas muchas veces se posaban en el lugar más cercano, al creer que las atacaba un posible enemigo. Esto también servía para llamar la atención y hacer ver a los de­más vecinos que ese enjambre era tuyo.
El procedimiento de captura más habitual es el de untar el interior del escriño (escriñu), escriña o enjambradera con miel, aguamiel o ramas de meli­sa (hierba abejera) y colgarlo encima del enjambre. Ayudándose si es necesario de un palo largo cuyo extremo acaba en V y con la base abierta hacia abajo. Una vez colocado se espera a que se intro­duzca por sí solo o se le fuerza echándole un poco de humo sobre las abejas.
Una vez dentro y acomodadas, se mete en un saco y se lleva a un dujo vacío para introducirlas.
La importancia económica y social de la apicul­tura se ha visto reflejada a lo largo de la historia de muy diversas formas. Entre ellas se incluye la regulación, desde la Edad Media, de la propiedad y explotación de los enjambres y colmenas de abejas.
En este sentido, existe una norma que establece el derecho del dueño del colmenar sobre los enjam­bres, pudiendo entrar a buscarlos en campo ajeno. Señala que "el dueño del árbol en que se pose el enjambre puede prohibir a toda persona que entre en su propiedad para recuperarlo, excepto al dueño de la colmena de donde el enjambre se escapó y que fue persiguiéndole. Tan sólo se pierde la pro­piedad si se abandona la persecución del enjambre. En este caso vuelve a recobrar su naturaleza ju­rídica de abejas silvestres y pasará a ser dueño el primero que lo ocupe".

Colmenas silvestres

Lo primero que hacían era localizar las abejas pecoreadoras (las que salen a recoger el polen y libar el néctar de las flores) de la posible colmena silvestre. Esto lo hacían generalmente aprovechan­do la realización de otras labores ganaderas como el pastoreo. Para ello buscaban una zona boscosa o rocosa que estuviese lejos de colmenares (por lo menos 3 km.) y se situaban en un manantial, arro­yo o fuente al que las abejas a primeras horas de un día de verano pudieran acudir en busca de agua. Una vez localizadas consistía en ir siguiendo con la mirada la dirección que iban tomando e ir avan­zando hasta dar con la colmena.
La técnica de caza es por tanto muy sencilla. Tan solo requiere mucha paciencia, constancia, algo de suerte y bastante sentido común, como me decía mi abuelo.
Pero existe otra más ingeniosa y eficaz que consiste en, una vez localizado el lugar donde be­ben, ir quemando cera para atraerlas e ir avanzan­do en la dirección en la que vienen. Repitiendo esta operación varias veces al final se consigue dar con la colmena.
Una vez localizada se optaba por su captura si era viable o, por lo general, se procedía a su catado para extraer la miel y la cera.
Eran muchos los apicultores que complementa­ban la producción de sus colmenas con esta prácti­ca e incluso familias que no tenían colmenas.

La cata de las colmenas

Dujo lleno de miel.A la acción de extraer la miel de las colmenas se le denomina tradicionalmente catar.
Se esperaba a catar generalmente a marzo o incluso abril si la primavera venía muy retrasada. De esta manera se aseguraba de que las abejas pa­saban con miel el invierno, extrayéndoles sólo la que les había sobrado. La otra opción era hacerlo al principio del otoño (como se hace en la actualidad), entre San Miguel (29 de septiembre) y Todos Los Santos, pero se corría el riesgo de que se murieran de hambre si no se les dejaba suficiente miel antes de llegar a la primavera. En este sentido siempre hubo una cierta polémica entre los que optaban por una fecha o por otra, muestra de ello son estos dos refranes: "el que el su colmenar quiera conservar, en marzo ha de catar" o "si quieres cera y miel, cata por San Miguel. Si quieres sólo cera, cata por las Candelas (2 de febrero)".
La forma más común de catar un dujo era la de destaparlo y tumbarlo en el suelo en posición horizontal o algo inclinada para facilitar el trabajo. A continuación se daba humo para que las abejas se desplazaran hacia el otro lado y se limpiaba la base y la parte inferior hasta llegar a la miel o cría. Después se procedía a cortar y sacar los panales por la boca superior llegando hasta la cruz o por la in­ferior de igual modo. Siempre se dejaba una de las partes sin catar para que les sirviera de alimento y pudieran seguir desarrollándose.
Algunos apicultores más meticulosos cataban un año por un extremo o boca y hasta la cruz, y al año siguiente por el otro. De esta forma no dejaban envejecer ni ensuciar los panales.
En el caso de los hornillos, la cata se hacía ex­clusivamente por el extremo que da a la casa u hornillera, sacando los panales hasta la mitad de su longitud.
La extracción de los panales se hacía con un catador o castrador que consiste en una barra larga de hierro (de un metro más o menos). En un extremo tiene una hoja afilada (hace la vez de una cuchilla y es usada para cortar los panales del bor­de del tronco). El otro es un ángulo recto (utiliza­do para raspar, cortar por debajo y extraer el panal desde la cruz hacia afuera).
Toda esta tarea se llevaba a cabo generalmen­te por hombres. Algunos lo hacían sin protección. Lo más normal era, para evitar las pica­duras, protegerse la cabeza con una careta hecha con un sombrero o boina y un trapo de lino. Se les incorporaba una rejilla de alambre en su parte frontal, atándosela al cuello con una cuer­da. Para las manos no solían ponerse nada o como mucho unos guantes de lana o calcetines. Lo que sí hacían era amarrarse con cuerdas las mangas y los tobillos, para evitar que se metieran por dentro de la ropa las abejas, ya que como decía un vecino de Abiada "las moscas son unas descarás, suben y no miran onde pican".
Los panales a extraer es necesario que estuvie­ran libres de abejas para lo que empleaban la jume­ra, ahumadera, humión.... Con esta acción se pretendía que las abejas huyeran a la parte contraria en la que se estaba trabajando. De esta forma se puede realizar la cata con menos peligro para ellas (con el fin de matar las menos posibles) y para el apicultor.
La jumera era un pequeño cazo o puchero vie­jo de barro cocido o de porcelana (aprovechaban los viejos utensilios ya en desuso), abierto por la boca superior y al que se le hacía un orificio en la base. En su interior se ponía paja, boñigas de vaca o caballo secas, ramos de ajos..., que al prenderle fuego y soplar por el orificio salía el humo que dirigían hacia las abejas. El humo es lo único que las hace retroceder cuando "se ponen necias" (expre­sión utilizada cuando las abejas se alteran) como bien sabemos los apicultores.
Tras haber cortado el panal y una vez libre de abejas (ayudado por una rama de escoba que hace las veces de cepillo) se izaba con la parte curva del catador o con las manos y se depositaba en un balde o barreño que se tapaba con un paño blanco para evitar que se volviera a llenar de abejas. Una vez acabada la cata se transportaban los barreños con los panales en carretilla, carro o a lomos de caballo o burro, al lugar donde se iba a proceder al colado de la miel, generalmente la hornera o la cocina de la casa.
Después de realizada la cata había que proceder al sellado del dujo con el fin de evitar el pillaje y la entrada de ratones.

Colado de la miel

La labor de colado consiste en separar la miel de la cera y de las impurezas que pudiera contener como, por ejemplo, alguna abeja.
La manera de realizarlo más común era la de ir echando los panales desmenuzados en pequeños trozos a una cazuela grande o caldera de cobre. Ésta se ponía cerca del fuego para que se calentaran. También se podían poner al baño maría e incluso poniendo la caldera directamente en el fuego, con un poco de agua en la base para que no se quema­ran.
Una vez que los trozos de panal empezaban a calentarse se iban removiendo con un cucharón de madera hasta conseguir el punto deseado de re­blandecimiento.  Teniendo especial cuidado en no calentarlos en exceso, ya que se corría el riesgo de que la cera se fundiera y se mezclase con la miel.
Seguidamente se iban sacando trozos de pana­les y a base de apretar y amasar con las manos se conseguía que la mayor parte de la miel escurriese, quedando unas bolas de cera llamadas cerones. Es­tos cerones aún contenían mucha miel, por lo que se pasaban después por la calceta o manga gruesa (paño que hacía de tamiz) para seguir amasando y retorciendo con las manos hasta acabar de extraer­la. Por último, toda la miel se pasaba por distintas calcetas cada vez más finas (hasta tres) para acabar de filtrarla.
Cuando la cantidad de miel a extraer era mayor se utilizaban unas apretaderas (especie de tenazas grandes hechas de madera) o prensas que ayuda­ban y complementaban a la dura labor de estrujar y apretar las calcetas con las manos.
Una vez filtrada la miel se vertía para guardarla en pucheros o en orzas de barro (una variedad de tinaja con la boca ancha). Después se tapaban con una tapa de madera o un trapo de lino atado en su boca con hilo. Aquí la miel decantaba de manera natu­ral antes de cristalizar, subiendo las impurezas y la cera que hubieran pasado del filtrado. Por encima una capa blanquecina (conocida como la "nata de la miel") que quitaban con una cuchara de madera.
El catado de las colmenas y el colado de la miel era junto con la matanza del cerdo, las dos veces "oficiales" en las que la familia o los vecinos se juntaban para ayudarse.
Actualmente la retirada de impurezas de la miel se realiza con un colador normalmente de acero inoxidable, instrumento muy útil sobretodo si se deben procesar grandes cantidades de miel, a modo de colador casero pero con diferentes diámetros y tamaños para que se ajusten perfectamente a la boca del madurador.

Elaboración de las tortas de cera

Una vez separada la cera de la miel se hacen tortas para después poderla utilizar en distintos usos.
Para hacerlas echaban los cerones (ya sin miel) en una cazuela grande o caldera con agua que se ponía en el fuego y se removía con un cucharón hasta que se derretían totalmente, pero sin llegar a hervir. A continuación se colocaba en una calceta mojada de arpillera y con una piedra, unas apreta­deras o una prensa. Se aplastaba hasta que saliese toda la cera que caía a una cazuela con agua, que­dando dentro de la calceta las impurezas, llamadas magón y que se tiraban a la huerta como abono.
La cera resultante se volvía a calentar para una vez líquida echarla en cazuelas con un poco de agua y se dejaba enfriar. De esta manera las im­purezas que aún tenía se depositaban en el fondo, que luego raspaban quedando definitivamente las tortas de cera limpias y de un color amarillento.
Esta misma operación la hacían con la cera en rama (genéricamente, panales sin miel) y macones (más específicamente, a los resecos y de color os­curo).

Los productos de la colmena

La miel
La producción de miel era destinada para el autoconsumo de la familia, regalando y vendiendo el sobrante si lo había.
La miel era consumida como edulcorante y fuente energética para poder realizar las labores más fuertes del campo. La comían a cucharadas, untada en pan con mantequilla, queso, nata o di­suelta en la leche. También la utilizaban para usos terapéuticos vigentes hoy en día, como la cura y alivio de catarros, resfriados y dolores de garganta, mezclándola con limón o con infusión de tomi­llo y/o romero. Años atrás fue habitual su empleo como eficaz remedio para curar heridas, golpes y quemaduras, en forma de emplastos, tanto en per­sonas como animales.
El tipo de miel que se produce en esta comarca es la de brezo, de color ámbar oscuro con tonos rojizos que a temperatura baja puede llegar a ám­bar claro, sabor ligeramente amargo persistente y aromas florales.
La cera
La cera es una sustancia producida por las abe­jas obreras que tienen entre 12 y 18 días de vida. Es empleada para la construcción de los panales, imprescindibles para el desarrollo de la colonia de abejas.
Hay estudios que indican que para segregar un kilo de cera, las abejas obreras deben consumir de 6 a 12 kilos de miel, lo que nos da una idea de lo costoso que es producirla para ellas, de ahí el gran valor que este producto ha tenido a lo largo de la historia.
Los usos de la cera eran variados, pero el prin­cipal era la fabricación de velas y velones (velas más grandes) para el culto religioso y el uso do­méstico (aunque la iluminación principal provenía del sebo, aceite y más modernamente de petróleo y carburo).
En Campóo también se utilizaba para untar los esquíes y la pala cuando nevaba, evitando que ésta se pegara y poder así deslizarse o trabajar mejor.

Fabricación de velas

Tradición religiosa.Comenzaba con la elaboración de la mecha, lla­mada torcida o pábilo, que sirve para quemar la cera y que ésta alumbre. Se hacía a base de torcer unas hebras de algodón o lino e incluso con retales de trapos.
Había distintas técnicas de fabricación siendo la más común y sencilla la que consistía en coger un trozo de cera templada y moldearla encima de una tabla hasta conseguir una capa fina de cera. Después se iba enrollando alrededor de la torcida, añadiendo sucesivas capas hasta conseguir el gro­sor deseado y con la ayuda de otra tabla se le daba la forma cilíndrica.
Otro método de fabricación era la inmersión de la mecha en la cera fundida, después se extraía y se dejaba enfriar hasta que se solidificaba. Se repetía el proceso varias veces hasta que se conseguía el grosor deseado.
La cera que no se aprovechaba para la fabrica­ción de velas o para remedios caseros se vendía a los cereros, cacharreros o pellejeros. Éstos iban por los pueblos una o dos veces al año comprando este producto y otros, como pieles y trapos viejos. Estos llevaban la cera a los lagareros que hacían velas, velones..., al por mayor.

Tradiciones en torno a las abejas

Antaño la relación entre las personas que vi­vían en el medio rural y las abejas siempre fue muy estrecha. Prueba de ello es que incluso las tenían en casa, como ya hemos visto. Este hecho también se reflejaba en el lenguaje mediante refranes, frases populares, adivinanzas, dichos y en otros aspectos como creencias y supersticiones. Perdurando inclu­so algunas de estas manifestaciones hasta nuestros días.

Refranes

El que el su colmenar quiera conservar, en marzo ha de catar.

El día de San José, mi dujo cataré.

Si el sol se recata, buen día de cata.

Agua de agosto, miel y mosto.

No pica la abeja a quien en paz la deja.

Ni tanta vela que queme al santu, ni tan pocu que no le alumbre.

Abejas revueltas, tempestad en puertas.

Creencias

En la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles, las abejas se consideraban sagradas y eran muy apreciadas y respetadas, puesto que produ­cen la miel. La ofrecieron los pastores que fueron a adorar al Niño Jesús. Además, en el simbolismo cristiano, se creía que las abejas eran vírgenes y en consecuencia la cera producida por ellas era la sustancia más perfecta para alumbrar a la Divini­dad. La cera se convirtió en indispensable en todos los ritos, especialmente en los relacionados con la liturgia, el sufragio de los muertos y la protección de las personas.
Cuando alguien de la familia fallecía era co­rriente abrir un poco la tapa de la colmena. Hacían ésto para anunciar a las abejas el fallecimiento del familiar, con el fin de que éstas fabricasen más cera para alumbrar la sepultura.

Fiestas

La rosca de boda: Las familias más pudientes de los pueblos de Campóo, el día de la boda de sus hijos invitaban a los vecinos a un trozo de rosca de pan regada con miel y a vino rancio, mistela o blanco.

Expresiones en la apicultura tradicional en Campóo-Los Valles

Era muy corriente la expresión "El dujo tiene gente", refiriéndose a que tenía abejas.
Es normal que aún hoy en día, mucha gente de esta región, llame "moscas" a las abejas.

Bibliografía
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LÓPEZ AGUDO, Alejandro: "Apicultura tradicional en el Valle de Valderredible", en Revista de folklore, n° 219. Caja España, 1999.
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MARTÍN CRIADO, Arturo: La apicultura tradicional de Palencia. 2001.
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PÉREZ CASTRO, Fidela: Los colmenares antiguos en la pro­vincia de León. Caja España. Ediciones Leonesas, S.A., 1994.
GARCÍA, Francisco Javier: "Revista Valderredible". Excmo. Ayuntamiento de Valderredible. Verano 2007.
Fuentes consultadas
Museo etnográfico El Pajar. Proaño.
Museo etnográfico de Cantabria. Muriedas.
Asociación de Apicultores Campurrianos (APICAM).

Enlace

III. Trabajos de Verano

El verano es una época en la que las abejas están muy atareadas. Asimismo, será una época en la que el apicultor está más atareado. Debe aplicar en sus colmenas ciertos trabajos de verano que son indispensables si quiere obtener unos buenos resultados.

A)   Sopesado

     El examen de una colmena en verano parte, básicamente, de su peso. Se levanta desde atrás, se estima el sitio disponible y, en consecuencia, la posibilidad de una intervención. Este será uno de los trabajos de verano indispensables para conocer el estado de nuestros enjambres.
 
   En los grandes colmenares la inspección, por ejemplo, de una colmena de cada diez, incluyendo pesadas, de tipo medio y ligeras, completa el sopesado precisando el estado de las colonias. 
 
  El pesado exacto de una colmena da una idea mucho mejor. Además, apoya las observaciones que podamos hacer sobre la intensidad de la pecorea o sobre la situación en el tiempo en los periodos de la secreción de néctar.
 
  Si numerosas colonias aumentan de peso, las que se estancan o reducen su actividad. Deben ser inspeccionadas para descubrir la razón de su estado (enjambrazón, enfermedad o cambio de reina) y, eventualmente, ponerles remedio.
 

B)  Inspecciones

  Otro de los Trabajos de Verano esenciales serán las inspecciones. A partir de la colocación de la primera alza, la colmena no debe ser abierta o inspeccionada sino cuando se le vaya a colocar la segunda alza, a menos que del exterior se deduzca una enfermedad o accidente.
 
   La inspección más simple se limita a levantar la entretapa y, de un vistazo, estimar el estado del alza: desocupada, ocupada a medias o casi llena. Entre los estirados, los encerados, colocados en los mismos lugares (por ejemplo 2, 4, 7 y 9) en todas las alzas, darán cuenta de la capacidad para obrar y de la necesidad, más o menos creciente, de agregar una nueva alza.
 
  Para las colmenas trashumantes alejadas de 50 a 100 km. y más del domicilio, las inspecciones tendrán lugar quincenal o mensualmente. El intervalo entre dos vueltas varía en función de lo que los informes de los trashumantes de una misma región se comunican en sus casuales encuentros y de los datos meteorológicos.
 
   Se puede colocar, sobre cuatros hojas de periódico, un alza (encerados y estirados en primavera, encerados solamente a causa de la tiña de verano) que las abejas ocuparán y estirarán si -agradable sorpresa- se desencadena bruscamente una fuerte mielada.
 

C)   Prevención de la barba

    Trabajos de Verano como la prevención de la barba serán indispensables para evitar el debilitamiento de la colmena. Las colmenas que hacen barba (racimo delante de la entrada) van a enjambrar o les falta aire. Esta reacción de asfixia no debería producirse jamás. El remedio definitivo es mediante el aumento del tamaño de la piquera y de una forma provisional levantando el cuerpo. Deslizando un calzo (una piedra) entre el cuerpo y el basamento fijo.
 
   A pleno sol y orientadas al sur, las abejas no hacen la barba cuando la piquera ocupa todo el frente de la colmena a una altura de 1´5 a 2 cm.
 

D)   Supresión de colmenas defectuosas

 
  Las colonias improductivas sin motivo conocido y válido (enjambre tardío, enfermedad  accidente, etc.) deben ser suprimidas. Esto no implica que deban perder sus abejas, cuadros y provisiones.
 
   Se emplean dos métodos: la dispersión y la reunión.
 
  a)   La dispersión se aplica sobretodo en primavera. Consiste en sacar de la colmena defectuosa los cuadros de puesta y provisiones con los cuadros que lleven e introducirlos en las otras colmenas del apiario que resultan así reforzadas.
     La operación se hace sin luchas durante la mielada. En otros periodos, con las abejas menos dispuestas, es necesario aprovechar el centro de un buen día, no introducir sino un solo cuadro y ahumar copiosamente o rociar con jarabe la colmena receptora, así como el cuadro introducido.
      Es inútil, en la dispersión, buscar la reina mala, pues en la colmena en que resulte introducida desaparecerá.
  b)  La reunión se realiza ventajosamente en verano. Agrupa dos colonias: una débil que se da a la otra, fuerte, que la recibe.
 
    Durante la mielada, colocar la colonia a suprimir sobre la colonia fuerte ahumada un poco, dos hojas de periódico entre cuerpo y alza, facilitan la reunión. No dejar entrada propia a la colmena de arriba: su reina desaparecerá, sus abejas saldrán por la piquera de abajo.
 
   Fuera de las épocas de traída de néctar, la operación debe desaconsejarse. Si a pesar de todo se quiere reunir, deberá tomar algunas precauciones como ahumar fuertemente. Separar las poblaciones con tres o cuatro hojas de periódico. Después rociar con jarabe de azúcar las abejas y los cuadros o anestesiar las poblaciones con nitrato amónico.
 
  Las pecoreadoras de una colmena desplazada o suprimida no se pierden: penetran en las colonias vecinas en que son aceptadas.
 
  Resulta cómodo y ventajoso suprimir las colonias defectuosas o en exceso con motivo de la trashumancia. Para ello, una vez instalado, en su lugar de trabajo, por ejemplo, el espliego, un colmenar compuesto por buenas colmenas, se traerán las colonias a suprimir. Se instalarán sobre el techo o al lado de las colmenas en forma que las colmenas casi se toquen. Una hora después o bien tres-quince días más tarde se reúnen las dos colonias superponiéndolas por el método del periódico o, incluso, sin periódico u otras precauciones. Los fondos fijos hacen en este momento un buen servicio. No dejar entrada a la colonia superior. En la recolección, la miel reemplazará la puesta de esta colonia.
 

E)    Trasvase

 
    Estos Trabajos de Verano también son importantes. Reservamos el término trasvase al paso de las abejas, puesta e, incluso, provisiones de una colmena fija a una colmena de cuadros. Corrientemente son empleados dos métodos:
 

    Primer método:

 
     Retirar la colmena fija dejando en el sitio su soporte formando el fondo y, a menudo, la rampa de vuelo.
     _   Voltear la colmena fija hasta dirigir su base abierta hacia arriba.
   _   Sacar las abejas de la colmena fija ahumándola o por golpeteo (martilleando a la cadencia de un golpe por segundo) y hacerlas pasar a un caza-enjambres, corcho u otro recipiente provisional.
 
    Algunos apicultores desean saber si la reina ha pasado con las obreras al caza-enjambres o permanece en la colmena. Para ello, colocan el caza-enjambres o la colmena, su abertura basal hacia abajo, sobre un tejido negro. Diez o quince minutos más tarde, si la reina en periodo de puesta se encuentra entre las abejas, se trasvasa durante el periodo de actividad. Los huevos caerán sobre el tejido negro, en el que es fácil percibirlos.
    _   Desmontar la colmena fija y ajustar los panales a las dimensiones de los bastidores.
  _  Colocar los panales en los cuadros cuidando que las celdas queden en posición correcta; sujetarlas, rodeando bastidor y panal, con una liza o alambre.
    _   Introducir los cuadros en una colmena; pasar las abejas a ella; alimentar.
     
   Las lizas roídas por las abejas serán sacadas en pedazos. En cuanto a los alambres, convendrá retirarlos diez o quince días después del trasvase, cuando los panales ya estén soldados a los bastidores. 
 

    Segundo método:

 
   _   En un cuerpo de colmena colocar bastidores provisto de cera estampada o preferiblemente estirados.
    _   Sobre el cuerpo de colmena así preparado, colocar un separador de reina, después una entretapa provista de una abertura un poco menor que la base de la colmena fija.
    _   Sacar las abejas de la colmena fija (ver el primer método).
    _   Poner la colmena fija, conteniendo puesta y provisiones, como si se tratara de un alza, sobre la abertura de una entretapa; taponar con escayola, mastic o cualquier otro material apropiado, la piquera de la colmena fija, así como los intersticios que pudieran, en su base, permitir el paso de las abejas.
  _   Hacer penetrar las abejas en la colmena de cuadros por la tabla de vuelo: se establecerán en el cuerpo; las obreras subirán a la colmena fija; la reina, retenida en por el separador, queda en la colmena de cuadros.
    _    Después del nacimiento del pollo de la colmena fija, es decir veinticinco días después de la operación, se puede quitar esta colmena, la entretapa agujereado y el separador de reinas. Cerrar la colmena de cuadros. Sacar las abejas de la colmena fija; hacerlas pasar a la colmena de cuadros. Desmontar la colmena fija y recolectar la miel que contiene.

La apicultura evita la emigración de la juventud

El programa del IFAI involucra a productores de toda la provincia y muestra como la apicultura evita la emigración de la juventud. Ya hay más de 200 colmenares en plena producción.

17/03/2019 20:41

El Programa de Apicultura Subtropical Sustentable desarrollado por el Instituto de Fomento Agropecuario e Industrial (IFAI), entre otras áreas de gobierno, concita el interés de los jóvenes. Estos ven en la producción de miel una alternativa más para quedarse y vivir de lo producido en la chacra. De esta forma la apicultura evita la emigración de la juventud. El curso que se impartió con la entrega de insumos y el acompañamiento para el desarrollo de la actividad. Esta acción motiva a los hijos de los colonos a seguir con el trabajo en el campo, pero sumando nuevas alternativas.
El citado programa se desarrolla en El Soberbio, Fachinal, Cerro Corá, Profundidad y en las 2000 hectáreas de Puerto Iguazú. Estos lugares fueron seleccionados por su cercanía a las áreas protegidas lo que asegura un producto de una calidad inigualable por la vegetación existente. Y eso hace distintiva a la miel misionera en el mercado local, nacional e incluso internacional.
En el paraje Yabotí, se constató que entre las mujeres y los jóvenes existe más interés por la apicultura. El acompañamiento que está haciendo el IFAI les da más seguridad para apostar a la apicultura. La apicultura evita la emigración de la juventud, e invita a buscar en su producción otro ingreso para seguir viviendo de lo que se produce en la chacra.
Alfredo Ramírez, un joven apicultor que realizó el curso, tiene 15 años. Está cursando el 3 año de la secundaria y comparte su tiempo entre el estudio y las abejas. “Me gusta mucho lo que hago, quiero seguir con la apicultura. Hice un trabajo de investigación para que en la escuela también sepan básicamente como es el mundo de las abejas y mis compañeros se interesen por esto. Estoy decidido a seguir estudiando para quedarme en la chacra y ampliar mis conocimientos sobre la miel y sus beneficios”, afirmó durante la entrega de equipamiento para que trabajen con más comodidad.
Otro de los jóvenes del paraje Yabotí, Eugenio Javier Arndt, 19 años, comentó que “en el curso aprendió mucho. Mi familia sabía obtener miel de forma artesanal, pero esto nos amplió la posibilidad de trabajo porque ahora sabemos cómo conservar nuestras colmenas. Nos enseñan como tratar a las abejas. A detectar enfermedades que les afectan para lograr más producción. Estoy entusiasmado. Mis padres me ayudan para ampliar las colmenas. También quiero quedarme en la chacra y vivir de esto. Aplicando lo aprendido te das cuenta que el trabajo de las abejas es insustituible”.
Lucas Ariel Arndt , 17 años, vive con sus padres también en la chacra. Colabora con los cultivos habituales de hierba, tabaco, maíz, mandioca y otros. “Vi en la apicultura la posibilidad de quedarme aquí y obtener más ingresos. El curso me motivó y gustó mucho. Quiero dedicarme a esto porque sé que hay mucho futuro”, indicó.
Oportunamente la coordinadora del programa, Graciela Hedman, explicó que “estamos trabajando en la colonia Yabotí con buenos avances. Ahora entregamos los equipos protectores  y otros insumos para más comodidad de los apicultores. Estos son lugares de excelencia en Misiones que nos aseguran un producto único y que se destacará en el mercado por los árboles y la floración existente en la reserva”.
El Programa de Apicultura Subtropical Sustentable reúne a colonos que tienen sus chacras colindantes con áreas protegidas y los parques provinciales. “Además de capacitarlos, también se les entrega los insumos necesarios para la tarea y se los acompaña en la comercialización del producto según las exigencias del mercado.”, recordó la funcionaria del IFAI.